En una noticias del periódico Aula Magna, hay un reportaje sobre tatuajes, a mi parecer algo flojillo, pero que me ha dado que pensar.
Desde el punto de vista cultural hay mucho de que hablar, como que hay tatuajes aceptados socialmente y otro que no, ya sea por el motivo, o por la zona del cuerpo en el que esté hecho. Por otro lado, para unos es un adorno como otro cualquiera, para otros es una forma de diferenciarse y de pertenecer a un colectivo, y para otros es una forma de vida. En estos temas no voy a indagar mucho, digamos que hay gustos como colores, pero hay otro aspecto en el que sí me involucro más: el físico, el de la salud.
Esto ya es más espinoso, puesto que seguro que los que están a favor me sacan cien mil artículos de dermatólogos que dicen que los tatuajes no son perjudiciales. Pero yo creo que sí lo son, quizás porque creo a los otros dermatólogos que se quejan de aspectos negativos de los tatuajes como el aumento de las posibilidades de cáncer y otras dolencias dérmicas.
Para empezar, la clínica en la que te lo hagas tiene que cumplir unas condiciones sanitarias que son imprescindibles para que luego no haya complicaciones, después seguimos con las tintas, que no creo que todas sean iguales, y acabamos con el tipo de tatuaje: temporal o permanente.
Se han registrado muchos casos de tatuajes que se han convertido en cánceres, o tatuajes que sin llegar a matarte lo único que te proporcionan después de unos años es una mancha de un color impreciso que afea la zona en la que tú pusiste un precioso diseño.
¿Realmente merece la pena?, mi humilde opinión es que no.
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